sábado, 5 de octubre de 2013

Lluvia...


Está sentada, como cada tarde, en su sillón carcelero. Ellos se fueron luego de acercarle el té con masas que es su merienda. Se fueron y ella no sabe dónde, se fueron en silencio y la dejaron allí, con su mesita cerca, en la que también están sus libros compañeros... Luego de tomar el té, dedicará algunas de las tantas horas de su soledad acompañada en sumergirse en los mundos que otros crearon para ella.
Pero esa tarde, al mirar por el ventanal, escuchó demasiado silencio. Esta vez, el silencio que habitualmente la rodea se había extendido hasta el jardín: estaba vacío de pájaros, y miró al cielo. Espesas nubes habían empezado a multiplicarse, amontonarse y ponerse oscuras como una noche temprana. Y entonces, además del silencio de los pájaros, le llegó el olor... Era el olor de la lluvia que, mojando tierras más alejadas, era traído por los vientos hasta su ventana. No había mejor pronóstico de lluvia certera que el olor de las tierras mojadas. Y se puso a esperarla...
No tomó su té, ni comió sus masas, tampoco agarró sus libros... Esa lluvia que se acercaba merecía ser esperada... Aspiró con fuerza los olores que se aproximaban y aguzó los oídos... ¿Sería una lluvia serena o una tormenta furiosa? ¿Mojaría amorosa los pastos del jardín, o sacudiría con ira las todavía frágiles ramas de los árboles? Mientras esperaba frente a la ventana, su mente empezó a divagar, y recordó otra lluvia...

Aquella tarde de sus recuerdos, se había encaprichado: quería estrenar sus botitas nuevas. Discutía con Camila, su madre:
 _No es una tarde para pasear, Renata, ni siquiera para estrenar botitas_ le dijo. 
Y agregó que ya habría tiempo para lucirlas sin el incordio de esa lluvia que, desde la mañana, sacudía los árboles y mojaba las ventanas de la casa, las mismas desde las que hoy miraba al jardín esperando la lluvia. Pero tanta fue su insistencia que logró vencer la prudencia de su madre, y ésta la dejó salir, resignada... Era una niña de salud delicada, y su temor le indicaba que esa salida no sería lo más aconsejable. Pero la veía tan ilusionada, tan firme en su propósito... La abrigó bien, sujetó su capucha y acomodó su piloto, le entregó el paraguas y se resignó a que saliera a la inhóspita tarde... a estrenar sus botitas. 

Pero la lluvia desde la ventana no se siente igual que la de afuera, esa que se lanza impiadosa contra el caminante, protegido sólo con paraguas. Caminó con empeño, sin embargo, tratando de protegerse, sosteniendo con fuerzas el paraguas, mientras la lluvia, furiosa, se obstinaba en hacerle frente. Caminando con dificultad, logró salir del jardín hacia el camino. Sintió culpa; podía imaginar la cara de preocupación de Camila, y casi podía verla observándola partir desde la ventana hacia su aventura. Pero tenía que continuar. Se conformaba con llegar hasta la plaza del pueblo, lucir sus botitas nuevas y luego regresar, satisfecha, a casa...

Pero justo en ese momento, empezó a atender a lo que ocurría bajo sus pies: la lluvia había comenzado a formar charcos cada vez más grandes cuanto más se alejaba de la casa y se acercaba al pueblo. Cada vez le resultaba más difícil sortearlos, porque empezaban a verse como pequeñas lagunas, y sus saltos debían ser cada vez más largos. Pero cuando llegó a la calle principal ya no eran siquiera pequeñas lagunas: la calle había devenido en torrente.

 Aguas turbulentas, remolinos en las alcantarillas, ríos que se precipitaban calle abajo y que transformaban el cruzar en una aventura llena de peligro. Quiso preservar sus botitas nuevas de la ignominia de sumergirlas en la calle-río, de las aguas barrosas, con desperdicios flotantes, y exigió a sus piernas un salto casi imposible. Y lo imposible terminó en realidad. El salto se convirtió en caída, la caída en inmersión, y no sólo sus botitas se empaparon. Toda ella: sus ropas, su cabello, el inútil paraguas, fueron la muestra lastimosa de la aventura que terminó en fracaso. Mientras trataba de levantarse y miraba espantada cómo su paraguas era arrancado de sus manos por el viento, en medio de las lágrimas de frustración y del desamparo, alcanzó a ver como una sombra: era la figura de Camila, su madre, que corría hacia ella sosteniendo un enorme paraguas mientras con la otra mano abrazaba una manta. La ayudó a levantarse, la arropó y sin decirle palabra la llevó a la casa. ¡Había sido un error permitirle correr esa aventura! Pero ya era tarde para lamentarlo...

A pesar del baño caliente y las ropas secas, en su cuerpo frágil hizo mella el intenso frío que le produjo la mojadura. En pocas horas enfermó y debió quedar bajo estrictos cuidados haciendo reposo, a fin de recuperarse. Sin embargo, la esperada recuperación no se produjo. Había pasado mucho tiempo, y sin embargo su cuerpo frágil todavía debía permanecer en ese sillón, hasta que las fuerzas volvieran, si es que la esperanza alguna vez se concretaba.
Mientras tanto, ella esperaba la lluvia de esa tarde, sentada en el sillón en el que reposaba, y sin botas para estrenar. Aquellas de la aventura bajo la lluvia habían desaparecido: el torrente de la calle se las había llevado para siempre...
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