Tengo que rescatarlos...
Tengo que recuperarlos, salvarlos del olvido y el abandono. No tanto a los de ayer como a los de hoy, a los nuevos que busco en las librerías, empiezo con ansiedad y luego abandono en la biblioteca dejándolos en espera a que llegue el momento de retormarlos, porque apareció otro que estimuló mi interés y me hizo postergarlos mientras daban vueltas por diferentes lugares de la casa: primero la mesa de luz, de allí a la mesa del comedor para terminar en la biblioteca, donde un estante especial los espera: el estante de los "libros en tránsito". En el mientras tanto, la culpa por el "abandono" se acumula, aun cuando se trate de un abandono temporal.
Pero hay otros que se rescatan solos, y son los que, aunque estén guardados con primor, salvados de todas las mudanzas, esquivando las "limpiezas" periódicas, siguen vivos en el amoroso recuerdo.

Hace apenas unos años, en una mesa de saldos de una librería de viejo, de las tantas que se encuentran por Buenos Aires en la calle Corrientes, lo encontré! Está en francés, pero no me importó. Y ahí se vino conmigo, al refugio de mis libros atesorados. Si él me había rescatado a mí de la tristeza infantil, yo lo rescataba ahora, viejo y abandonado en una mesa de saldos, para que duerma amorosamente en mi biblioteca.
Unos años después alguien dejó por allí, en otro lugar del colegio, otro libro que jamás olvidé: "Leed en mi corazón" se llama, y al igual que Memorias de un asno, no conocía su autor: era Maxence van der Meersch, autor de otro libro memorable que leí más adelante: Cuerpos y almas, sobre las vidas de médicos y médicas y de la medicina en su tiempo. "Leed en mi corazón" era una historia tan conmovedora y emotiva, parecida a la mía, tan dolorosa como la que yo estaba viviendo, y tan magníficamente contada, que aún hoy la recuerdo. Pero lo más importante, y lo que tal vez la hizo imborrable, es que esa historia de padecimientos terminaba, y el final feliz también a mi me daba esperanzas: el horror no es para siempre. Encontraba el amor, dejaba de sufrir, salía del infierno. Y la esperanza es lo que te mantiene vivo, a pesar de todo. Nunca voy a terminar de dar las gracias por tanto a un autor que ni siquiera vivía ya, pero que había llegado con su obra hasta el fondo de mi corazón. En los momentos más terribles, recordaba la historia de la protagonista, y me decía: "Algún día todo esto va a formar parte del pasado", y con esa esperanza podía seguir adelante.
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Algo maltrecho y amarillento por los años transcurridos, todavía lo conservo.
Por eso digo que tengo que rescatarlos: a ellos, los abandonados de hoy, los que duermen sin haber sido terminados. Los otros me dieron tanto que me hicieron, junto con la vida, lo que soy hoy.
Estos otros no necesitan ser rescatados, porque vivirán mientras yo los recuerde, aunque no haya vuelto a tocarlos.
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