sábado, 25 de octubre de 2014

Memorias del paraíso.

Quién diría que una flor tan pequeña, insignificante casi, fuera capaz de semejantes revoluciones de la memoria. A menos que uno haya pasado antes por el lugar, o que el mismo sea parte de los paseos habituales, la flor del paraíso pasa inadvertida, invisible casi. Es su perfume el que la delata, el que revela su poder de atracción y su poder de evocación, cuando el mismo está presente en la bolsa de los recuerdos. 

En el colegio sabíamos que había llegado la primavera, en especial, porque a través de los enormes e inaccesibles ventanales abiertos a la calle nos llegaba el aroma de los paraísos. Enormes, añosos, cargados de flores, bordeaban (bordean todavía) las calles que rodeaban el colegio de la ciudad de las diagonales. Sentir el aroma de sus minúsculas pero numerosas flores era palpitar que, algo de una promesa de vida y alegría podría colarse a través de esas ventanas abiertas a la libertad. Detrás de esas altas paredes, un puñado de niñas soñábamos con, alguna vez, salir para siempre de allí para no volver. Porque salíamos para ir a la escuela primaria (que estaba enfrente), para hacer algunos mandados para las monjas, para alguna que otra salida (al zoológico, al bosque, al museo, al cine), las salidas con algún familiar (las que lo teníamos) pero después, inexorablemente, debíamos volver al viejo colegio. Y así durante años... 11 de mi vida los pasé allí, esperando que, como la protagonista de "Leed en mi corazón", o la de "La princesita", la pesadilla terminara y las paredes al fin cayeran para no levantarse nunca más. 
Pero los paraísos con sus olorosas flores nos abrían a la ilusión... Muchas habíamos conocido amigos varones en la escuela primaria de enfrente, que era mixta, y vivían por el barrio. Así que, más de una vez, los encontrábamos en algunas de esas salidas, y alguna vez (en el colmo del atrevimiento) los habíamos escuchado corretear con sus bicis por la calle de los paraísos, y nos habíamos animado a charlar con ellos, ventanales de por medio. Nuestros escarceos con los chicos del barrio no pasaban de eso: ser compañeros de la primaria, verlos pasar en alguna salida, charlar con ellos a través de un ventanal...
Sentir hoy el aroma de las flores del paraíso tiene el sabor agridulce que, para mi, tienen los recuerdos asociados a aquél lugar: la vida esperanzada que la primavera nos acercaba a través de los ventanales, y no saber cuándo íbamos a poder liberarnos de esas tristes paredes. 
Nunca más volví al colegio, como si al hacerlo pudiera borrar muchas de las horas de lágrimas y soledades, pero hoy, como cuando una cosa lleva a la otra, el Google con el Street View me permitió "visitarlo" de manera virtual. El colegio ya no existe (hay un museo dependiente de la UCA en su lugar) pero el edificio todavía está...

Si alguien me hubiera dicho que podría ver el colegio desde afuera y sin estar allí, no le hubiera creído. Pero tantos años después hicieron la magia: la tecnología y el tiempo. También están los paraísos, los mismos, pero con otras flores. Sin embargo, el aroma que hoy me lleva subida a los recuerdos es el mismo. Eso tampoco cambió...

El año pasado, mientras caminaba por mi barrio, otra vez las flores del paraíso me llevaron hacia los recuerdos. Pero esta vez, no encontré las flores que lo originaban en lo alto de las copas, sino en la vereda. 

El desaprensivo alcalde porteño, haciendo gala, una vez más, de un descuido difícil de explicar, había mandado podar el árbol del paraíso. Y las ramas cargadas de flores aparecían abandonadas en un ominoso montón. En mi desesperación, sólo atiné a tratar de rescatar algunas de las pequeñas y olorosas flores, y me las llevé, como cuando me llevé a Mafalda, que en medio de sus maullidos desesperados pedía auxilio. El pedido silencioso de las flores del paraíso sólo se expresaba en una última exhalación de su perfume.  Hice un ramo algo maltrecho con las que pude rescatar y me las llevé, para que, al menos por unos días, unas horas más, me regalaran su perfume, cargado de agridulces recuerdos.


Ver imágenes actuales de mi antiguo colegio ya no me produce dolor y los malos recuerdos parecen haber sido exorcizados. El temor a volver al colegio luego de un fin de semana familiar que recurrentemente aparecía en mis sueños, aun después de casada, también se ha ido. Es como si el aroma de las flores del paraíso se hubiera despojado de la carga amarga y sólo quedara en él sólo el sabor dulzón de la primavera.
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2 comentarios:

Iris van Kirsten dijo...

Precioso. Me encantó :-)

Greta dijo...

Muchas gracias Iris...!

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