viernes, 20 de septiembre de 2013

Hetairas: las bellas más libres.



Cuando empecé a navegar en los mundos virtuales y se me pedía la elección de un nombre (de usuario) comencé a pensar en personajes que había conocido, principalmente, a través de la literatura. Así surgió el nombre de Xutchil, la mexicana hija del emperador de la que se enamoró Alonso, el lugarteniente de Hernán Cortés en "El corazón de piedra verde" (de Salvador de Madariaga), convertida luego al cristianismo por medio del bautismo, y que cambió su nativo nombre nahuatl por el del más español Rosa (Xutchil es traducido como Rosa o como Flor). Xutchil fue mi primer nombre de fantasía en el mundo cibernético. Pero luego las cuentas de correo y los sitios web se fueron multiplicando, y recurrir a nombres de heroínas, de historias o de mitos, se fue haciendo más complicado, y fueron perdiendo fuerza sus atributos. Sin embargo, y metiéndome en las historias del mundo grecorromano, hubo un tipo de mujer que siempre me resultó fascinante: la hetaira. Y dentro de las hetairas, sobresalió la bella Friné: el de ella fue otro de los nombres de fantasía que alguna vez elegí.

Similar en algunos aspectos a la Geisha japonesa, la hetaira era una mujer que, a la belleza que seducía a los hombres, sumaba un conjunto de cualidades que le permitían ser diferentes al resto de las mujeres, aquellas cuyo reino es el hogar y sus tesoros, sus hijos. La hetaira tenía el privilegio de compartir los banquetes con los hombres: filósofos, artistas, músicos, poetas, señores de la sociedad griega, pero que era considerada digna de compartir esos encuentros por esas cualidades que la hacían diferente y que la privilegiaban.
Eran inteligentes y cultas, además de bellas, y acicalaban su figura con delicadas telas que hacían insinuante su belleza; peinaban sus cabellos con elaborados peinados que adornaban con redes o broches; cubrían su cuello con piedras preciosas o perlas, y sus brazos y tobillos con brazaletes de oro, muchos de los cuales eran casi seguramente, preciosos obsequios de sus admiradores. Y los más costosos perfumes, traídos de lejanas tierras, tocaban su cuerpo y dejaban a su paso una estela de sensual atractivo.
Hetaira en un banquete. Cerámica ática. S. V a.C.

Pero su más preciado encanto, además de la belleza, era su inteligencia cultivada con lecturas y discusiones en esos círculos cultos en los que con sus artes poéticas o tocando algún instrumento musical, como la lira, o cautivando con su conversación a los concurrentes a los banquetes, eran el centro de admiración. Eran mujeres cuyo lugar principal no era el hogar, y que seguramente en la soledad de sus aposentos añoraban la presencia constante de unos afectos cercanos, pero que disfrutaban compartiendo su belleza y sus personalidades encantadoras con aquellos que, por ser hombres, prescindían del resto de las mujeres en sus círculos exclusivos. 

Sin embargo, algunas saltaron la barrera del anonimato y llegaron hasta nosotros: Friné fue una de ellas. Su historia está ligada a la leyenda, y si pensamos cuánto en nuestro presente tiene verdades discutibles y construídas, bien podemos aceptar como válido lo que de ella quedó en el relato. Se cuenta que su belleza la llevó a ser admirada y amada por el mismísimo Praxíteles (s. IV a.C.), el escultor de las Afroditas más famosas de toda Grecia y de los Efebos, y quien canonizó el estilo de representación de las figuras femeninas desnudas y de las relajadas posturas tanto de las Afroditas como de los jóvenes y adolescentes, tan diferente a la actitud algo hierática de las figuras olímpicas de Fidias de la Grecia clásica (siglo V a.C). Se cuenta también que fue su rostro el que inspiró muchas de sus Afroditas, pero se cuenta algo más. 
Friné ante el areópago (1861), obra de Jean-Léon GérômeHamburg Kunsthalle.
 Había sido acusada de impiedad, por querer competir en belleza con la diosa Afrodita, nada menos, y como su abogado no lograba convencer al jurado de su inocencia, no se le ocurrió nada mejor que descubrirla en su esplendorosa desnudez. Obviamente el resultado de lo que los jurados vieron, absortos y maravillados, fue su absolución. 

 
Una tarde, mientras paseaba por el salón de las esculturas en el Museo Arqueológico de Nápoles, me topé con esta escultura: la Venus Calipigia (o "Afrodita, la de las hermosas nalgas") (Ver foto). Es un tipo de escultura de época helenística que los romanos se ocuparon de copiar muchas veces, y que si bien  trata de una historia diferente, es inevitable (al menos para mí) asociarla con la hermosa Friné, la que por su belleza competía con Afrodita, y que como hetaira se codeaba con los grandes del arte y la cultura. La misma que para salvarse debió exhibirse impúdicamente ante un severo jurado a punto de condenarla. En todas ellas, la joven levanta su peplo para dejar al descubierto aquello de lo que se vanagloria: la belleza de sus nalgas, mientras graciosamente vuelve su rostro como señalándolas.
 
Esa libertad de moverse y cultivarse, y de compartir con los hombres un mundo al que las mujeres comunes no podían tener acceso, hizo que algunas de ellas fueran castigadas con dureza incluso por sus congéneres. El de Friné no fue el único caso, aunque sí uno que terminó felizmente. Quien no tuvo tanta suerte fue Aspasia, mujer del gran Pericles. Cuenta Isabel Martín, autora de "La curandera de Atenas":

"Aspasia era una mujer sorprendente. Era de familia acomodada, pero huyó de su Mileto natal hacia Atenas por negarse a vivir la vida de ama de casa que su condición le auguraba. (...) Aspasia era una mujer muy culta, tanto que hasta el propio Sócrates alababa su inteligencia". Su belleza era legendaria y su hospitalidad: a sus salones acudían los más insignes filósofos y artistas del momento, lo que no era poco, y dirigió una escuela para niñas en la que no sólo se enseñaba música o costura.
Como toda personalidad fuera de lo común, Aspasia fue víctima de la envidia y la maledicencia de sus conciudadanos. Fue acusada de impiedad ('asebeia'), algo muy común y peligroso en la época, por atreverse a hablar de los dioses en términos poco piadosos, y el propio Pericles tuvo que llorar ante la asamblea de ciudadanos implorando por su vida, lo que refleja el grado de democracia participativa que se llegó a alcanzar en la Atenas clásica, aunque esta democracia fuera ejercida solamente por cuarenta y cinco mil ciudadanos.(ver nota completa ACÁ). 

Pasaron 2.000 años desde las historias de Friné y de Aspasia, pero todavía hoy, las mujeres que se atreven a disfrutar de su libertad, las que pretenden moverse en el mundo reservado principalmente a los hombres, o las que reniegan de los "mandatos" culturales son, de una manera o de otra, castigadas, incluso por las mismas mujeres. En la antigüedad, con la muerte o el destierro. En el presente, con la envidia o la soledad. 


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2 comentarios:

Esteban Echeverria dijo...

buenísima nota y brillante remate!!! Que vivan las mujeres hermosas e inteligentes! Viva Cristina Fernandez de Kirchner!

Greta dijo...

Jajaaaa!!! Gracias por tu comentario, amigo Esteban.
¡Y claro que sí! Que viva la más grande...qué joder...jajaaa!

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